Olvido, Cuentos de la Judería (de Andrea Gallardo)

Rítmicamente resuenan los pasos en el adoquinado mojado por la lluvia de otoño en la angosta calle. La secuencia se repite durante unos segundos y se detiene bruscamente. El bastón se interpone en la puerta de la tetería y la anciana bibliófila curiosea tras el cristal de la librería de viejo.

Un esfuerzo más y entra. Él no puede vislumbrar en un primer momento su rostro, lleva un sombrero calado y el cuello de piel del abrigo disimulan su mirada.

Un saludo escueto da paso al pedido acostumbrado, "Mil y Una Noches". Esta vez si espera su efecto. Una ráfaga de viento hace temblar los cristales.

Ella continua observando. Hace tiempo que le divierte el teatro humano y anota concienzudamente en un cuaderno las peculiaridades más curiosas de sus pesquisas. Sábado, 19:45 horas. La tetería va a cerrar. La mujer del sombrero está dentro otra vez. Otoño, llovizna. Ella lleva hoy un bastón. Su mirada es peligrosa y su paso incierto.19:55 horas. Ella sale dejando la puerta abierta, cruza la calle, entra aquí y…

Mantenía el ritual día tras día, y con cada sorbo recuperaba los instantes vividos que forjaron sus sueños, esos que jamás se hicieron realidad. Se preparaba a conciencia, sin límite para el sufrimiento. Tomaba con el dosificador la medida justa de té negro y verde con pétalos de rosa, de girasol y flores de jazmín y esperaba el punto justo del agua para dejar actuar la alquimia. El dulce sabor impregnaba su boca y despertaba todos sus sentidos. Las velas y la música cumplían su papel de sugestión y se dejaba llevar hacia los confines olvidados de aquella ingrata mente. La ingenuidad ya no triunfaba y era consciente de que él nunca pensaba en aquellos tiempos, esos viajes rápidos e insignificantes que dejaron en ella la huella de la ingratitud y la desconfianza. No valió la pena el dinero y energía consumido en vivencias huecas con un ser superficial, orgulloso, cruel y encantador.

Un día tras otro, el momento especial de tomar el té se transformaba en dolor, querencia y olvido, sin que ningún hecho ni ninguna persona mediaran y cambiaran el rumbo de ese desviado timón.

Ante la vacía pantalla del ordenador tomó la determinación de que ese día sería el momento, a pesar de la lluvia, la pena y el cansancio, o quizás por eso.

El antiguo tomo del Talmud dormía un sueño de años olvidado en la vieja estantería de madera labrada. Ella no tenía los conocimientos suficientes para acometer la empresa de su estudio y lo había ido postergando. Noche tras noche, antes de conciliar el sueño lo miraba unos instantes y pensaba que quizás al día siguiente se atrevería. Se acostaba en la pequeña cama situada en el estudio encima de la librería y soñaba mientras contemplaba como se consumía la vela lentamente, como su vida. Ya tenía edad de sobra para jubilarse pero su vida estaba allí, en esa actividad apasionante de cuidar los libros y entregarlos a una clientela interesada y que sabría cuidarlos como se merecían. Se ocupaba personalmente del cuidado del establecimiento y del reducido habitáculo que constituía su recinto privado, y que era una continuación del anterior. Un pequeño patio con un naranjo y una fuente era testigo de singulares tertulias en los meses de calor y en los días inspirados del otoño con un hogar encendido en ángulo para dar calor. Atrás quedaron los viajes y los amores, destinos inciertos de felicidad. Solo una sombra turbaba en ocasiones su rostro, la preocupación de la continuación en la tarea, los libros.

Tomó el bastón y guardó el pequeño revólver en el bolsillo interior del abrigo. Con paso decidido, a pesar del dolor en las piernas y el corazón, se dirigió a la tetería. No sentía dudas ni miedo, ese hombre iba a pagar por todo, lo merecía, llevaba años vendiéndole aquel brebaje, le prometió que lograba el olvido, se burló de ella. Tenía la misma mirada, unos ojos brillantes y altivos, una barbilla desafiante. La lluvia arreció y en un arrebato cruzó la callejuela y empujó la puerta de la librería. Jessica dejó de anotar en su cuaderno y la miró sorprendida.

Tomó de sus manos el vasito de té que le ofrecía y lo bebió arrimada a la estufa de leña en el rincón más recóndito de la librería. Fue entonces cuando vio el Talmud prisionero y pidió permiso para verlo. Ensimismada un buen rato, cuando levantó la cabeza, la mujer triste de los últimos años esbozó una sonrisa de esperanza. Podría enseñarle si lo deseaba.




Los siguientes días fueron ajetreados para llevar sus cosas, pocas y escogidas, las necesarias y queridas al pequeño estudio de la librería judía, donde Myriam se instaló junto a Jessica y ambas fueron maestra y alumna la una de la otra.

El vendedor de té estaba encantado del nuevo comportamiento de su habitual clienta y liberado de la responsabilidad de hacer realidad sus sueños.

La librería continuó teniendo éxito con sus tertulias y la diligencia de la nueva empleada.

En una playa desierta de un lejano país un hombre musculoso con las sienes plateadas y hondas arrugas en la frente lee un periódico sin mucho interés. De pronto una noticia llama su atención. Se trata de un congreso que se desarrollará próximamente en una distante ciudad de la vieja Europa sobre las Tres Culturas. Entre los nombres de las personas ponentes, reconoce uno ya casi olvidado, Myriam S…. colaboradora de la investigadora de la antigua judería de la ciudad de V… la señora Jessica Leví…. Una leve sonrisa de satisfacción e incredulidad ilumina su ajado rostro. ¿Y si fuera y se acercara a saludarla, qué sucedería, le ignoraría, le seduciría? Una mano se posa en uno de sus hombros y una voz melosa le ofrece una copa. En ese instante se da cuenta de dónde se encuentra y el por qué. Querría estar en la ciudad de V… y a la luz de la luna pasear por las callejuelas de la antigua judería, perderse de la mano y soñar que no existe tiempo ni futuro, trabajos ni ambiciones. Saborear "las mil y una noches" en sus labios.



Andrea Gallardo